miércoles, 17 de agosto de 2011

Hasta que el sueño gana al placer.


En un lugar diferente con un ambiente totalmente distinto, Lucas la ve sola y decide acercarse a invitarla a bailar. Entonces le extiende la mano y ella sorprendida, recorre el brazo con un vistazo hasta ver quien es el que la quiere sacar a bailar, y... con una sonrisa y sin apartar la mirada de sus ojos, Ruth agarra su mano y se levanta lentamente aceptando la invitación. Se adentran a la multitud que les rodea con la música al volumen 10 para bailar y sentir esa pequeña adrenalina que se confunde con la felicidad.
Son las 8 de la mañana, sus pies le castigan de tanto bailar y el local avisa de que cierran dentro de 5 minutos. Salieron sin prisa, mientras la última canción se escuchaba cada vez más lejos hasta un cierto punto en el que no se entiende la letra, solo se siente el ritmo. Y cuando todos se dirigían a sus casas, él la invitó a la suya, advirtiéndola de que sus padres estaban de viaje y no volvían hasta dentro de dos días. Ella aceptó.
Llegaron a la casa de Lucas, oliendo a alcohol y agotados de estar toda la noche bailando.
Y aunque los párpados les pesaban por el cansancio, Ruth le besó y al parecer Lucas lo estaba esperando. Ella le empujó y calleron encima de la cama sin apartar sus labios. Todo llegó muy lejos, hasta que la luna desapareció y el sol empezó a asomarse. El calor penetraba por la ventana, y el sudor mojaban sus cuerpos. Hicieron una pausa para beber agua, pues sus bocas estaban secas del el alcohol de anoche. Llegaron a la cocina y Lucas iba detrás, agarrado a la cintura de Ruth como si temiera que se le fuese de su vida. Ruth abrió el frigorífico y un tremendo escalofrío recorrieron en sus cuerpos. Calmaron al fin su sed y ya eran las 10:30 de la mañana. Lucas la subió en la encimera de la cocina, besándola por todas partes, quitándole la poca ropa que llevaba puesta. Nunca es suficiente. Hasta que el sueño ganó al placer.


No hay comentarios:

Publicar un comentario